Parece uno de esos tejados imposibles. O ni siquiera parece un tejado. Una se queda imaginando cómo el centinela sale por el ventanuco para escalar hasta el bordillo y ver en la luna el reflejo de su amada. O simplemente con ganas de deslizarte por el musgo empinado mientras el sol te calienta el rostro.
Rocamadour. Francia.
